Esta Caperucita Roja para niños de 9 a 12 años es una adaptación larga de Idunn basada en Grimm de 1857. Conserva el rescate del cazador y un segundo encuentro en que niña y abuela colaboran. Lleva el final original de Grimm: los dos lobos mueren, sin detalles gráficos.
Puedes leer el cuento completo, conocer sus cambios respecto de Grimm y comparar otras versiones por edad. También encontrarás su duración y una nota sobre la moraleja de Perrault. Si en tu familia recuerdan otro desenlace, puedes situarlo entre las versiones de Caperucita Roja.
Antes de compartirla: el lobo se traga a la abuela y a la niña; un cazador les permite salir vivas al abrirle el vientre con tijeras. El primer lobo cae y muere con el vientre lleno de piedras; el segundo se ahoga. Para una lectura donde nadie sea devorado, puedes elegir Caperucita Roja para niños de 3 a 5 años, aunque quien escucha sea mayor.
Para recorrer la página: cuento completo · cambios de versión · moraleja de Perrault · duración y edad · lectura y miedo · impresión.
¿Cómo es el cuento completo de Caperucita Roja para niños de 9 a 12 años?
Caperucita visita a su abuela, el lobo se hace pasar primero por la niña y después por la abuela, y el cazador las rescata. Después, niña y abuela afrontan juntas otro encuentro.
Caperucita Roja · adaptación de Idunn desde Grimm
Había una vez una niña a la que su abuela le había regalado una capucha de terciopelo rojo. La niña se la ponía cada vez que salía de casa y le gustaba sentir la tela suave entre los dedos. Con el tiempo, todos empezaron a llamarla Caperucita Roja.
Una mañana, su mamá cortó un trozo del pastel que habían horneado el día anterior. Lo envolvió y lo acomodó en una canasta, junto a una botella de agua. Caperucita estaba cerca de la puerta, con la capucha roja sobre los hombros.
—Tu abuela está enferma y se siente débil —le dijo su mamá—. Llévale esto para que tenga algo que comer. Sal antes de que haga calor y camina con cuidado. Sigue el sendero: si tropiezas y se rompe la botella, llegarás con la canasta mojada.
La niña sostuvo la botella mientras su mamá ajustaba el envoltorio del pastel.
—Cuando entres, dale los buenos días. Después tendrás tiempo de mirar lo que hay en su cuarto.
—Voy a tener cuidado —contestó Caperucita.
Le dio la mano a su mamá y salió. El asa de la canasta le quedó apoyada en el brazo. Al pasar junto a las últimas casas, se acomodó la capucha y tomó el camino del bosque.
La abuela vivía a media hora del pueblo. Su casa estaba bajo tres robles grandes, cerca de unos avellanos. Caperucita había recorrido aquel sendero otras veces y reconocía el lugar donde los árboles empezaban a juntarse sobre su cabeza.
Apenas entró en el bosque, un lobo salió a su encuentro. La niña lo miró y siguió caminando. Desconocía lo que él quería hacer.
—Buenos días, Caperucita —dijo el lobo.
—Buenos días.
El lobo caminó al paso de la niña. Miró la canasta y preguntó:
—¿Adónde vas tan temprano?
—A visitar a mi abuela.
—¿Qué le llevas?
—Pastel y agua. Está enferma. Ayer horneamos y mi mamá guardó un trozo para ella.
Caperucita acomodó la canasta en el brazo. El lobo volvió la cabeza hacia el sendero que tenían delante.
—¿Tu abuela vive lejos?
—Todavía falta como un cuarto de hora. Su casa está bajo los tres robles grandes, donde crecen los avellanos. Seguro que conoces el lugar.
El lobo lo conocía. Escuchó la dirección y pensó en la abuela sola, esperando la visita. Quería comerse a las dos, pero necesitaba llegar primero a la casa y tener tiempo para preparar su engaño.
Caperucita caminaba a su lado, mirando dónde pisaba. Él buscó alrededor algo que pudiera hacerla detenerse. Cerca del sendero había flores; detrás de ellas se veían otras, entre los troncos.
—Caperucita, mira cuántas flores —dijo—. Vas tan pendiente del camino que se te están pasando todas. ¿Escuchas a los pájaros? Parece que vas rumbo a la escuela.
La niña levantó la vista. Los rayos de sol entraban entre las ramas y dejaban manchas de luz sobre el suelo. Se oían pájaros arriba, aunque costaba encontrarlos entre las hojas.
Caperucita pensó en su abuela acostada. Podría ponerle unas flores cerca de la cama, en el vaso donde a veces guardaba los ramos. Era temprano; calculó que alcanzaría a cortarlas y llegar a tiempo.
Dejó el sendero y se acercó a la primera. La cortó con cuidado para conservar el tallo. Un poco más allá vio otra, más abierta, y fue por ella. Cuando la tuvo en la mano, descubrió unas cuantas junto a un tronco.
Las juntó, comparó los colores y buscó una más para completar el ramo. Cada flor la llevaba unos pasos más adentro del bosque. La canasta le estorbaba para agacharse, así que la dejó en el suelo un momento y volvió a levantarla después.
Se detuvo para acomodar los tallos, que se le estaban separando. Tenía que sujetarlos con una mano y levantar la canasta con la otra. Miró una vez más alrededor, buscando dónde había dejado el camino.
Mientras ella elegía, el lobo se alejó por el camino. Caperucita siguió reuniendo flores hasta que el ramo apenas le cabía entre los dedos. Entonces recordó que su abuela esperaba y buscó el sendero entre los árboles.
El lobo llegó directamente a la casa. Se detuvo ante la puerta y tocó.
—¿Quién está afuera? —preguntó la abuela.
—Caperucita Roja. Te traigo pastel y agua. Ábreme.
Había escuchado hablar a la niña y procuró que su voz sonara como la de ella. Desde la cama, la abuela oyó el nombre de su nieta.
—Baja la manija y pasa —contestó—. Estoy demasiado débil para levantarme.
El lobo empujó la puerta, entró hasta el cuarto y se tragó a la abuela. Luego se puso su ropa y el gorro de dormir. Se acostó en la cama, se cubrió y cerró las cortinas que la rodeaban.
Se acomodó el gorro sobre la frente. Quedaban dos orejas a los lados, pero dentro del cuarto había poca luz. Desde allí podía oír a quien entrara por la puerta. Esperó.
Caperucita regresó al sendero y llegó a la casa con el ramo apretado contra el pecho. Encontró la puerta abierta. Se detuvo un momento: su abuela solía dejarla cerrada y contestar cuando alguien tocaba.
—Buenos días, abuelita.
Nadie respondió.
La niña entró. Dejó la canasta y las flores sobre la mesa y miró hacia la cama. Las cortinas estaban cerradas. Todo parecía estar en su lugar, pero le costaba dar el siguiente paso. Había ido muchas veces a esa casa y aquel silencio le resultaba extraño.
Se acercó y apartó la cortina. En la almohada vio el gorro de su abuela, metido hasta los ojos. Debajo había una cara que apenas reconocía.
Tal vez la enfermedad le había cambiado la voz y el aspecto. Caperucita quiso oírla hablar. Se quedó junto a la cama, con una mano todavía en la cortina.
—¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
—Para escucharte mejor.
La respuesta llegó desde la almohada. Era una voz baja y ronca. Caperucita inclinó un poco la cabeza para mirar bajo el borde del gorro.
—¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!
—Para verte mejor.
Los ojos la siguieron cuando se movió. La niña miró la cobija, que había empezado a deslizarse hacia un lado. Apareció una mano grande, cubierta de pelo.
—¡Abuelita, qué manos tan grandes tienes!
—Para agarrarte mejor.
Caperucita soltó la cortina. Quien estaba en la cama levantó la cabeza, y la niña pudo ver la boca entera.
—¡Abuelita, qué boca tan grande tienes!
—¡Para comerte mejor!
El lobo saltó de la cama y se tragó a Caperucita. Después volvió a acostarse. Tenía el estómago lleno y ya había conseguido lo que buscaba. Cerró los ojos y se quedó dormido. Sus ronquidos salieron del cuarto y llegaron hasta el sendero.
Un cazador pasaba frente a la casa. Al oír los ronquidos se detuvo. Conocía a la abuela y quiso comprobar cómo estaba.
Entró y se acercó a la cama. Encontró al lobo bajo las cobijas, con el gorro de dormir todavía puesto. Era el animal que llevaba tiempo buscando.
El cazador levantó su rifle, pero se detuvo antes de disparar. Si el lobo se había tragado a la abuela, tal vez ella seguía viva. Bajó el arma y tomó unas tijeras.
Le abrió el vientre al lobo dormido. Primero apareció el rojo de la capucha. Caperucita salió, y detrás de ella salió su abuela, viva, aunque le costaba respirar.
Caperucita tomó a su abuela de las manos.
—¡Qué oscuro estaba adentro! —dijo.
La abuela se sentó junto a la cama. Caperucita fue por piedras grandes; entre ella y el cazador llenaron con ellas el vientre del lobo. Cuando despertó, quiso levantarse y huir. Las piedras pesaban tanto que cayó al suelo y murió.
El cazador esperó a que la abuela pudiera respirar mejor. Ella pidió el pastel y el agua. Caperucita llevó la canasta hasta la silla, abrió el envoltorio y puso las flores en un vaso.
Después de comer, la abuela recuperó fuerzas. El cazador se despidió. La niña se quedó cerca, con las manos sobre el asa de la canasta. Recordó las preguntas del lobo, la dirección que le había dado y el momento en que él señaló las flores.
Cuando salió para volver a casa, buscó los tres robles y el sendero. Esta vez siguió el camino hasta el pueblo.
Se cuenta que otro día Caperucita volvió a llevar algo horneado a su abuela. En el bosque encontró a otro lobo. También la saludó y quiso hacerla salir del camino.
Caperucita siguió andando. Al llegar a la casa, puso la canasta en la mesa y le contó a su abuela lo que había pasado. Recordaba la mirada del lobo y la manera en que se había acercado.
La abuela escuchó hasta que terminó.
—Ven —dijo—. Vamos a cerrar la puerta.
Las dos la cerraron y pusieron el seguro. Poco después, alguien tocó desde afuera.
—Abre, abuela. Soy Caperucita y te traigo algo horneado.
La niña estaba dentro, al lado de su abuela. Ambas reconocieron el engaño y guardaron silencio.
El lobo dio varias vueltas alrededor de la casa. Se acercó a la ventana, regresó a la puerta y terminó subiendo al techo. Quería esperar hasta la tarde, cuando Caperucita saliera para volver al pueblo. Entonces la seguiría a escondidas por el bosque.
Desde el cuarto, las dos oyeron el ruido de las patas sobre las tejas. La abuela comprendió que seguía esperando. Miró el recipiente grande de piedra que estaba frente a la casa y recordó el agua en que había cocido salchichas el día anterior.
—Toma la cubeta —le dijo a Caperucita—. Vamos a llenar ese recipiente con el agua de las salchichas.
La niña llevó la primera cubeta por la salida de atrás. Caminó pegada a la pared y vació el agua en el recipiente. Volvió a entrar y repitió el viaje. La abuela le acercaba la cubeta llena; Caperucita la llevaba y regresaba con ella vacía.
En uno de los viajes, la niña se detuvo al oír un ruido arriba. Esperó junto a la pared, con la cubeta entre las manos. Su abuela la vio desde la puerta de atrás y aguardó allí hasta que regresara.
Cuando el recipiente quedó lleno, las dos volvieron a cerrar la puerta. El olor había llegado al techo. El lobo olfateó y se movió hacia la orilla, tratando de averiguar de dónde venía.
Miró hacia abajo. Estiró el cuello un poco más, y luego otro poco. Se inclinó tanto que perdió el equilibrio, resbaló de las tejas y cayó al recipiente de piedra. Allí se ahogó.
La abuela esperó antes de abrir. Caperucita recogió la canasta y salió mientras todavía había luz. Desde el sendero volvió la cabeza para despedirse. Su abuela estaba en la puerta y levantó la mano.
La niña siguió hacia el pueblo. Al llegar a los últimos árboles pudo ver los techos de las casas. Llevaba la canasta vacía y la capucha roja descansaba sobre sus hombros.
Versión de Idunn a partir de «Rothkäppchen», de Jacob y Wilhelm Grimm, en Kinder- und Haus-Märchen, tomo I, séptima edición, Dieterich, 1857, pp. 140–144.
¿Qué conserva esta versión y qué cambió Idunn?
Esta es la versión de Idunn más cercana al cuento de los hermanos Grimm. Conserva sus dos partes y sus finales: el cazador saca a la niña y a la abuela de la panza del lobo, le llenan la panza de piedras y el lobo muere; después, otro lobo cae en la trampa de las salchichas y se ahoga. Las dos muertes se cuentan en pocas frases, sin detalles, y la escena en que el cazador le quita la piel al lobo se omite.
Lo que añadimos son pensamientos y gestos: el lobo que mira el sendero mientras planea, Caperucita junto a la cortina tratando de reconocer a su abuela, y en la segunda parte, la niña que cuenta lo que vivió y la abuela que la escucha. El cuento original completo está en Caperucita Roja original de Perrault y Grimm.
¿Cómo termina en Perrault y qué dice su moraleja?
Perrault termina con Caperucita devorada y añade una moraleja en verso. La dirige especialmente a las jóvenes y advierte sobre los lobos de trato dulce. El lobo lleva su engaño hasta el ataque final.
La traducción de Teodoro Baró de 1883) conserva la devoración de Perrault y recrea la advertencia con otros versos.
La responsabilidad del engaño y del ataque pertenece al lobo. Esa es la postura desde la que proponemos conversar en Idunn. Si alguien resume la enseñanza como «le pasó por distraerse», vuelve a las escenas: él pregunta la dirección, aparta a la niña del camino y se hace pasar por Caperucita ante la abuela. Después suplanta a la abuela ante Caperucita.
Pueden discutir la advertencia histórica y los castigos sin tener que aprobarlos. En esta adaptación de Grimm, además, pueden mirar qué cambia cuando Caperucita cuenta lo ocurrido y su abuela la escucha.
¿Cuánto dura y para qué edad proponemos esta lectura?
| Para elegir este texto | Qué encontrarás |
|---|---|
| Edad | De 9 a 12 años, para leer en compañía o por turnos |
| Duración | Unos 14 minutos en voz alta; se puede partir después del primer rescate |
| Lo que puede dar miedo | El engaño, la devoración, las tijeras, las piedras y dos muertes breves |
| Final | La niña y la abuela sobreviven y, en la segunda parte, actúan juntas |
A esta edad funciona leer por turnos: tú la narración, tu peque los diálogos, o una escena cada quien. Al terminar, pregúntale qué parte le sorprendió.
¿Podemos leerla antes de dormir y qué hacer si da miedo?
Esta versión conserva el rescate con tijeras y la muerte de ambos lobos. Si una escena inquieta a tu peque, detente y escucha qué parte fue. Puedes adelantar que la niña y la abuela sobreviven; ustedes deciden si quieren continuar o cerrar por hoy.
Para la noche, elígela si ya conocen sus episodios y quieren volver a ellos. Puedes guardar el segundo encuentro para otro día y dejar las preguntas para la tarde.
¿Qué podemos conversar después del cuento?
- ¿En qué momento supiste algo que Caperucita todavía ignoraba?
- ¿Qué señal de la casa te habría hecho detenerte junto a la puerta?
- ¿Por qué el cazador decide bajar el rifle?
- En la segunda visita, ¿qué puede hacer la niña junto a su abuela que habría sido difícil hacer sola?
- ¿Qué piensas del destino de los dos lobos? ¿Cambiaría algo de lo anterior si huyeran?
¿Dónde leer una Caperucita más corta o para otra edad?
La Caperucita Roja para niños de 6 a 8 años cuenta también los dos encuentros, con menos palabras y con los lobos que huyen. Para una lectura de pocas líneas, elige Caperucita Roja corto.
Elige según el final y el rato que quieran leer, aunque la edad del título sea distinta de la de quien escucha.
| Edad orientativa | Versión de Idunn | Final |
|---|---|---|
| 3–5 años | Breve, con engaño y amenaza | La abuela se esconde; Caperucita cierra la puerta. Ambas quedan a salvo y el lobo se marcha. |
| 6–8 años | Dos encuentros y rescate con tijeras | Niña y abuela sobreviven; ambos lobos huyen. |
| 9–12 años | Relato largo, con tijeras y piedras | Niña y abuela sobreviven; ambos lobos mueren. |
¿Cómo imprimir esta Caperucita Roja?
Copia el cuento y su crédito a un documento; conserva el nombre de Idunn y la edición de Grimm. Revisa la vista previa antes de imprimir o elige «Guardar como PDF».
La propuesta de Idunn
En Idunn buscamos nutrir la curiosidad de quienes leen y de quienes acompañan. Esta versión conserva dos encuentros con el peligro: el primero termina en rescate; en el segundo, Caperucita y su abuela actúan juntas. La lectura deja espacio para conversar sobre sus decisiones.
Fuentes
- Jacob y Wilhelm Grimm. Rothkäppchen, KHM 26, Kinder- und Haus-Märchen, tomo I, séptima edición, Göttingen: Dieterich, 1857, pp. 140–144. Texto alemán en Wikisource).
- Jacob y Wilhelm Grimm. Rothkäppchen, KHM 26, misma colección, tomo I, primera edición, Berlín: Realschulbuchhandlung, 1812, pp. 113–118. Texto alemán de 1812).
- Charles Perrault. Le petit chaperon rouge, Histoires ou Contes du temps passé, París: Claude Barbin, 1697, pp. 47–56. Texto francés y moraleja en Wikisource/Original/Le_petit_chaperon_rouge).
- Charles Perrault; traducción de Teodoro Baró y Sureda. Caperucita roja, Cuentos de hadas, Barcelona: Librería de Juan y Antonio Bastinos, 1883, pp. 61–64. Ilustradores del volumen: Vicente Urrabieta y Julián Bastinos. Texto español en Wikisource).


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