Hay una tarde en que alguien de cinco años te pide un cuento y ya te sabes todos los que hay en la casa. También está la otra: la del regalo que quieres que dure más que un juguete. Las dos terminan en el mismo lugar —escribir uno— y ahí suele aparecer la misma frase: «es que yo no sé escribir».
Para esto no hace falta saber escribir. Hace falta conocer a quien va a protagonizarlo, y eso ya lo tienes.
¿Por dónde se empieza, si no eres escritor?
No por el principio. Se empieza por una cosa que le pase de verdad a tu peque: le da vergüenza pedir ayuda, se enoja cuando pierde, le cuesta dormir solo, se impacienta con su hermano.
Esa dificultad es el motor del cuento. No para corregirla —un cuento no es una regañina disfrazada— sino para acompañarla. En los cuentos que funcionan, nadie le quita al personaje lo que le cuesta: aprende a llevarlo.
Un ejemplo de un cuento que estamos preparando en Idunn: un perezoso que va muy lento y llega tarde a todo. Nadie lo vuelve rápido. Lo que cambia es que descubre que cada quien va a su propia velocidad, y sigue siendo lento.
La plantilla: ocho escenas y nada más
Ocho escenas caben en una tarde y sostienen un cuento entero. Escríbelas en ocho papelitos, que se puedan mover.
| Escena | Qué pasa |
|---|---|
| 1 | Cómo es un día normal de quien protagoniza |
| 2 | Algo rompe la rutina: un ruido, una carta, un animal |
| 3 | Aparece la dificultad que ya conoces |
| 4 | Un encuentro: alguien que tiene otro problema |
| 5 | Intentan algo juntos y no sale |
| 6 | Un momento de calma, casi sin acción |
| 7 | Vuelven a intentarlo, y esta vez pasa algo |
| 8 | El regreso a casa, tranquilo |
Si una escena no se te ocurre, sáltala y sigue. Es más fácil rellenar un hueco que arrancar de cero. Y si prefieres ver estas piezas funcionando dentro de una historia de verdad, aquí están las partes de un cuento explicadas con un ejemplo, escena por escena.
¿Qué le pregunto para que salgan las ideas?
Las mejores ideas no se inventan en la mesa: se las sacas a tu peque sin que se dé cuenta de que está escribiendo. Tres que casi siempre funcionan:
- Si pudieras tener un animal que hablara, ¿qué animal sería y qué diría al despertarse?
- ¿Qué cosa te da un poquito de miedo pero también un poquito de ganas?
- Si encontraras una puerta en un árbol, ¿qué habría del otro lado?
Apunta las respuestas tal como las dice, con sus palabras raras. Esas palabras son las que después hacen que reconozca el cuento como suyo. Hay una lista con doce preguntas más para cuando estas tres ya se gastaron.
¿Y si no sé cómo termina?
Casi nadie sabe cómo termina cuando empieza. Dos reglas bastan:
El final baja el ritmo. El último tramo es volver, no celebrar. Cena, cama, luz apagada. Si el cuento se lee de noche, el texto tiene que ir apagándose con la casa. En el nuestro, la última doble página no tiene ni una palabra: solo la cabaña a oscuras bajo las estrellas.
No expliques la enseñanza. Si el cuento ya mostró que pedir ayuda no duele, no hace falta escribir «y así aprendió que hay que pedir ayuda». Quien escucha lo entiende, y si lo entiende solo, se lo queda.
¿Cómo hago que suene bien al leerlo en voz alta?
Un cuento infantil se termina de escribir leyéndolo en voz alta. Ahí se oye lo que en el papel no se ve:
- Si te quedas sin aire, la frase es demasiado larga. Pártela.
- Las repeticiones no son un error: son el motor («y caminó, y caminó, y caminó»).
- Los diálogos cortos dan vida. Verbos sencillos: dijo, preguntó, bostezó.
- Nada de barras ni paréntesis: no se pronuncian.
Si tienes dudas sobre cómo separar los diálogos o dónde va cada signo, en el sitio tenemos una guía de los signos de puntuación que sirve justo para esto.
¿Cuántas páginas y cuántas palabras?
Orientativo, no dogma:
- 4 a 6 años: 14 a 16 dobles páginas, de 20 a 40 palabras por página.
- 7 a 9 años: hasta 24 páginas, párrafos cortos.
- 10 a 12: capítulos breves, y ya aguantan una trama con dos hilos.
¿Y si no sé dibujar?
No dibujes. Hay tres salidas que funcionan: fotos de cosas (no del niño), recortes de revista, o que ilustre él mismo y tú escribas alrededor de sus dibujos. Durante veinte años, en esta casa los cuentos personalizados se armaron así: diapositiva, impresión, tijeras y engargolado. Se regalaron decenas y ninguno era perfecto.
Cuando ya está escrito
Pruébalo. Léelo con el nombre de otra persona a ver si sigue funcionando; si solo funciona con el nombre de tu peque, mejor todavía. Guarda el borrador: dentro de diez años, ese papel arrugado vale más que cualquier cosa que hayamos impreso nosotros.
Y si llegas hasta aquí y lo que quieres es que la historia esté escrita, ilustrada y encuadernada sin que tengas que hacerla tú, es justo lo que estamos preparando en Idunn: cuentos donde el nombre, la familia y la manera de andar por el mundo de cada niña o cada niño entran en el texto, no como un nombre pegado encima. Te avisamos cuando esté, y mientras tanto, escribe el tuyo: no compite con el nuestro.
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