Una viajera recorre los caminos del oriente de El Salvador donde encuentra tanto las anécdotas de Monseñor, como la vida serena y despejada de los pequeños pueblos en los que se registra en su memoria.

Una viajera recorre los caminos del oriente de El Salvador donde encuentra tanto las anécdotas de Monseñor, como la vida serena y despejada de los pequeños pueblos en los que se registra en su memoria.

Una viajera llega a la Ruta del Tequila y explora el paisaje agavero desde la tierra y el aire, encontrando en la historia de la bebida, de los charros y de la zona, una oportunidad para cantar, preguntar y a veces, responderse algunas incógnitas de la vida.


Los antiguos purépechas decían que ahí estaba la puerta del paraíso, por donde entraban y salían los dioses. Decidimos ir a buscarla entre las callecitas complicadas que suben y bajan como los dioses en su tiempo.
El poder y la fertilidad llegan como torbellinos, se elevan, se sostienen en el mismo sitio aleteando sin parar hasta que avanzan, tal vez en reversa, tal vez en línea recta, para buscar otra flor, un insecto raro o agua dulce para tomar. ¿Quién los entiende? Su zumbido alarma retraído, solitario, sin dejarnos parpadear. Su coquetería nos seduce irremediablemente en su presencia efímera que no sabe quedarse en un mismo lugar.
En el viaje que hacen por Michoacán tres amigas de la infancia acompañadas por un colibrí imaginario, que va libando de flor en flor y de sitio en sitio, las palabras se quedan paseando.